Hace unos días, el jurado del I Concurso de relato corto «Huellas y Rodadas» ha decidido que el relato Pedalear para no tener miedo de Yasmina Romero Morales es el ganador de la primera convocatoria de este concurso que ya ha confirmado que tendrá continuidad en 2026.
Tras el fallo, nuestro consejo editorial está evaluando la potencial publicación, en formato físico y/o digital, de una antología colectiva de los relatos resultantes de la selección de finalistas realizada por el Jurado en su proceso de evaluación de los más de 150 relatos presentados. Una decisión, que se anunciará muy pronto, tras contactar con las autoras y autores seleccionados para anunciarles la feliz noticia.
Transcripción del fallo del jurado
El jurado del I Concurso de Relatos Cortos ‘Huellas y Rodadas’ otorga el primer premio a la obra Pedalear para no tener miedo de Yasmina Romero Morales, una pieza magníficamente construida que combina realismo social, un tono introspectivo y una prosa visualmente muy cuidada.
Con un estilo sobrio, preciso y profundamente sensorial, Yasmina relata la transformación paulatina de una mujer que empieza a usar la bicicleta para volver a casa de madrugada, narrada con una profundidad simbólica y emocional extraordinaria: no nos habla de un mero desplazamiento físico sino de una conquista del espacio urbano y del cuerpo propio frente al miedo aprendido, una emancipación cotidiana que se mide en metros ganados al miedo.
En definitiva, “Pedalear para no tener miedo” es un relato sobresaliente por su tono, su coherencia simbólica con los valores de este certamen y su humanidad, con un pulso narrativo en la línea del mejor realismo urbano contemporáneo pero con una voz muy propia (contenida, empática y lúcida) que le hace acreedora de este premio inapelable.
El relato aborda con sutileza cuestiones profundamente contemporáneas:
- La precariedad laboral, la alienación y la dignidad de la clase trabajadora.
- El miedo femenino como hábito socialmente aprendido y las geografías del miedo.
- La ciudad como espacio hostil y el acto radical de apropiarse del trayecto.
- El descubrimiento de la propia energía humana para desplazarse y la conquista de la autonomía.
Y, a continuación, podéis leer íntegro el relato de Yasmina.
Pedalear para no tener miedo, de Yasmina Romero Morales
A las cuatro de la tarde, Belén ficha en el bingo. La sala huele a moqueta vieja y a cerrado. El aire arrastra restos del día anterior: una mezcla espesa de desinfectante, humedad y prisa. Todavía no hay clientes —empiezan a llegar a partir de las cinco—, pero ya se oye el zumbido irregular de las tragaperras de admisión y el murmullo de las compañeras contando cartones en voz baja. Es el único momento en el que trabajarán sentadas, como un breve paréntesis antes del vértigo.
Esa primera hora es para preparar todo: revisar las series, firmarlas por detrás para hacerse responsables de ellas, comprobar que no falte ninguna, que no se haya saltado nada. Desde la mesa de control, repasan una a una las noventa bolas. A veces incluso se sustituyen por un juego nuevo. Las ve girar en la urna de metacrilato, como si danzaran sin música, atrapadas en su propia espera.
Belén ya se ha acostumbrado a ese ritmo: manos rápidas, mirada atenta. Sabe que lo que vende pasa por sus dedos y lleva su nombre. Tiene su rango de mesas asignado, y no para: cuenta dinero, cambia fichas, vende cartones, repite los premios, pone los testigos en las mesas premiadas, recoge y liquida.
—¿Lo quiere como vienen o de serie? —pregunta, mientras calcula el cambio con la eficiencia automática del hábito.
Esa frase la dice decenas de veces por hora, como una respiración automática. Pero no puede perder el hilo. Si alguien canta ¡bingo! en su rango y ella no lo oye, no lo repite, y hay otro bingo en sala… pincha.
Pinchar significa pagar el segundo premio de tu bolsillo. Se lo han repetido desde el primer día. Por eso, en cuanto alguien grita ¡Bingo!, todas lo repiten al instante, en cadena, como un reflejo condicionado:
—¡Bingo! —¡Bingo! —¡Bingo!
Lleva su cartuchera de cuero atada a la cintura, con quince euros justos de cambio y fichas de plástico que reemplazan los billetes. No necesita más. A veces le sorprende lo rápido que se adaptó a este mundo. Despachan unas once partidas por hora. Un euro y medio el cartón si la partida es normal, dos euros si es especial. Es un trabajo angustioso. Hay que correr mucho. Su compañera Diana lleva un podómetro. A veces, al terminar, lo mira en silencio. Son más pasos de los que parecen. Belén la cree. A veces llega a casa y tiene que meter los pies en agua caliente con sal y eso que, con el primer sueldo, se compró unos zapatos 24 Horas de descanso. Iban bien… si no pasabas doce horas de pie. Al menos ya no tiene llagas como al principio, cuando su madre le curaba los dedos, uno a uno, con tiritas.
Con todo, no pensó que le gustaría, pero le gusta. Antes estaba en un supermercado, con un sueldo bajo y horarios imposibles de compaginar con los estudios. Aquí, al menos, trabaja tres días, libra dos, y por las mañanas puede asistir a clase. Está sacándose el doctorado en Filología. A veces toma apuntes entre parpadeos largos, como si leyera desde el borde del sueño, pero no falta.
Lo que no lleva bien es la vuelta a casa.
A las cuatro de la madrugada, cuando terminan de repartirse las propinas y sale a la calle la ciudad ha cambiado de piel. Se vacía. Calles largas, farolas solas, alguna persiana a medio bajar. Nunca le ha pasado nada, pero siempre va en alerta. Evita el parque, aunque le ahorraría quince minutos en el camino a casa. No cruza callejones. No pasa junto a coches aparcados con gente dentro. Camina deprisa, las llaves en la mano, colocadas entre los dedos. Como un gesto aprendido que se hace sin pensar.
A veces finge hablar por teléfono. A veces de verdad llama.
Recuerda que cuando salía con amigas de noche se decían cosas como “avísame al llegar”, “no cojas el metro sola”, “mándame tu ubicación”. Frases automáticas. Lenguaje de autoprotección. A su madre le ha mentido: le dice que la acompañan.
Y un taxi cada noche no es opción. Lo que gana en propinas se iría entero en el trayecto de vuelta. Y ni siquiera es garantía de nada.
“No es paranoia,” piensa, “es costumbre. Es planificación. Es supervivencia.”
Una noche, mientras se sube la chaqueta hasta el cuello y toma aire para echar a andar, Jaime, el aparcacoches, le lanza la sugerencia que aún no sabe que cambiará algo. Ella nunca le ha hablado del miedo, pero él lo ha visto en la forma en que mira la calle.
—¿Y por qué no te compras una bici?
Belén se ríe, sin risa.
—¿Para volver en bici a las cuatro de la mañana?
—Sí. Llegarías antes.
No le contesta, pero ya ha empezado a pensar en ello. Hace años que no monta, desde el instituto. Ni siquiera se lo había planteado. No puede permitirse un coche. Tiene piernas, cansancio, y un trayecto nocturno diseñado para que las mujeres caminen por donde puedan, no por donde quieran.
Esa noche vuelve a casa por el camino largo. Otra vez bordeando el parque, otra vez esquivando lo recto.
Al llegar, abre Wallapop.
Esa misma madrugada encontró la bici. Negra, sin marca visible, con el desgaste justo para parecer vivida, no abandonada.
“Bicicleta urbana. Bien cuidada. Se entrega en mano.” Cincuenta euros.
En la foto, parecía más firme de lo que fue después, pero no importaba. Su antigua dueña la vendía “porque le cogía polvo en el balcón”. Quedaron un martes a mediodía. La mujer, en vaqueros y sudadera, le dio un par de vueltas a la bici antes de decir:
—No es nueva, pero va bien.
Belén asintió. Quería una bici. Con urgencia callada, con lógica propia. La necesitaba.
Esa noche fue al bingo en la bicicleta. La dejó en el almacén donde guardan los regalos de promoción: figuritas de porcelana que nadie elegiría, pastilleros con estampado de gatos, juegos de bolígrafos en cajas de plástico con letras doradas que se borran al mes. Nadie preguntó. Jaime le echó una mirada rápida, levantó el pulgar y siguió contando monedas.
Al terminar de repartirse las propinas, se cambió los zapatos por unas zapatillas de deporte que llevaba en la mochila y bajó sola al almacén. El gesto de desatar la bici y levantarla entre cajas sin hacer ruido, tenía la solemnidad muda de lo que solo se comparte con una misma.
Salió por la puerta lateral, la menos iluminada. El aire le rozó la cara con un frío limpio, sin dobleces.
La ciudad, a esa hora, parecía un decorado abandonado: las luces encendidas, pero sin actores.
Las primeras manzanas fueron torpes. El pedal le rozó el tobillo, la falda del uniforme se le enganchó en la cadena y se soltó a tirones. Aun así, pedaleó. No deprisa. No con gracia. Pero avanzó. Notó el cuerpo recto, la espalda alerta, y algo más: por primera vez, no sentía que el miedo le respirara en la nuca.
No cruzó el parque. Todavía no. Pero sí tomó calles que antes evitaba. Se permitió una recta más larga, un paso junto a una obra en la que ya no quedaba nadie, un giro por una avenida desierta. Y no miró atrás.
El trayecto no se hizo más corto, pero se hizo posible.
Cuando llegó a su calle, no quiso subir de inmediato. Dio una vuelta a la manzana, como quien prueba si algo encaja sin romperse. Luego sí, cargó la bici al hombro y subió.
Esa noche durmió mejor. No por cansancio, sino por un tipo distinto de victoria: la de llegar sin haberse detenido.
Había pasado una semana desde que empezó a usar la bici. Cada noche, el trayecto se parecía menos al primero. Las manos ya no apretaban el manillar como si fuera un salvavidas. Los giros eran más limpios. El cuerpo aprendía a confiar.
Cada noche exploraba una variante nueva del trayecto. Una recta más. Una calle con farolas bajas. Una curva sin escaparates. Notaba los cambios como se nota un clima distinto: el aire se volvía más habitable.
Pero el parque seguía ahí.
A simple vista no parecía peligroso. Un rectángulo de tierra, algunos árboles dispersos, bancos sin respaldo. De día, pasaban familias, chavales con pelota. De noche, era otra cosa: una pausa negra entre dos avenidas. A pie, lo bordeaba sin pensarlo. En bici, lo miraba al pasar.
Evitarlo le costaba quince minutos de rodeo. Quince minutos de más, a las cuatro y media de la mañana, cuando el cansancio duele en las rodillas. Y aun así, hasta esa noche, no lo había cruzado.
Esa noche estaba agotada. Porque había sido un día largo, sucio, de esos que se adhieren al cuerpo. Una mujer se había hecho pis en el asiento, encima, sin moverse, para no perder una sola jugada. Ni una. Los borrachos molestaban porque no ganaban, porque la suerte no se dejaba, porque el alcohol hacía de la rabia un idioma.
Las últimas partidas arrastraron premios que no superaban los veinte euros. Nada. Cartones por inercia, manos que marcaban números sin fe. A esas horas, la sala ya no tiene brillo ni expectativa. Queda lo que resiste sin motivo: algunos taxistas que matan el tiempo, una mujer que cabecea sobre su cartón, algunas sombras que no se han levantado de la silla en horas. Nada más.
Belén sentía los pies como piedra, la cabeza espesa. No había cuerpo para rodeos ni paciencia para callejones mal iluminados. Solo quería llegar a casa y dejar de estar despierta. Cuando terminaron de repartirse las propinas, bajó al almacén, sacó la bici sin esfuerzo, y subió por la rampa lateral. Jaime ni siquiera hizo el gesto con la cabeza. Bastó la rutina. El pedal sonó hueco al girar. La cadena crujió como si estuviera limpiando algo. Cuando llegó a la esquina del parque, no frenó.
No fue una decisión. Fue más bien un deslizamiento lento hacia la confianza. Entró por el camino de tierra. La rueda pisó con firmeza, aunque la grava sonó desigual. La luz de las farolas era tenue, pero suficiente. A lo lejos, una figura sentada en un banco, móvil en la mano, música baja. Nada más.
Cruzó en línea recta. Cuarenta y cinco segundos.
Al otro lado, la calle habitual, los contenedores, una panadería que ya olía a masa, y la fachada de su edificio iluminada por la luz del portal automático.
No hubo épica. No hubo vértigo. Solo una certeza física: el miedo había retrocedido unos metros.
“La ciudad no ha cambiado” pensó. “Pero ahora la atravieso distinta.”
No era solo velocidad. Era dirección.
Me encanta ♥️. Es un salto a la pérdida del miedo, a recuperar nuestra tranquilidad, algo que nunca debimos haber perdido. Ni una más, ni una menos.
Tras leerla, he comprendido que estaba ante una buena historia.