Hace unos días dábamos a conocer el fallo del jurado del I Concurso de relato corto «Huellas y Rodadas» y publicábamos el relato ganador Pedalear para no tener miedo de Yasmina Romero Morales. Estamos seguras de que os habrá gustado tanto como a nosotras.
Hoy queremos acercaros a la figura de Yasmina Morales. Hemos hablado con ella, sobre su vida, su vivencia y su relato y esto es lo que os ha contado.
Entrevista a Yasmina Romero Morales
¿Qué te motivó a escribir sobre el miedo nocturno de las mujeres y la bicicleta como herramienta de empoderamiento?
Me movió la necesidad de hablar de ese miedo nocturno tan compartido entre mujeres, un miedo con el que trabajo desde hace tiempo a través de la investigación sobre violencias sexuales y que condiciona nuestra forma de movernos por la ciudad. La bicicleta entró en la historia porque era un requisito del concurso, sí, pero enseguida vi que podía funcionar como un símbolo poderoso: durante el siglo XIX fue una herramienta real de emancipación femenina, un artefacto que les permitió a muchas mujeres moverse con libertad por primera vez, romper normas sociales absurdas y conquistar espacio público. Me gustaba ese contraste: el miedo aprendido frente a un objeto históricamente asociado a autonomía, velocidad y deseo de ocupar la noche en nuestros propios términos.
Belén, tu protagonista, trabaja en un bingo y estudia un doctorado. ¿Por qué elegiste un perfil tan específico y cotidiano?
Elegí ese perfil porque es profundamente personal: durante un tiempo trabajé en un bingo mientras terminaba Filología y empezaba el doctorado. Fue una etapa muy dura y al mismo tiempo muy formativa, en un entorno laboral poco comprendido socialmente, pero donde descubrí una red de apoyo inesperada. El nombre de la protagonista, Belén, es un homenaje a una mujer real: la jefa de sala del bingo en el que trabajaba. En un puesto tradicionalmente ocupado por hombres, ella no solo era una excepción por su cargo, sino también por su forma de ejercerlo: con firmeza, ética y humanidad. Yo aprendí el concepto de sororidad en la universidad, pero fue ella quien me mostró lo que realmente significaba fuera de los libros. La literatura permite tender puentes entre mundos que a veces se perciben como ajenos: el bingo y la academia, lo cotidiano y lo intelectual, lo precario y lo simbólico. Belén es, en ese sentido, una figura que contiene muchas capas, y también un pequeño acto de justicia narrativa.
El relato tiene una atmósfera muy sensorial (olores, sonidos, texturas). ¿Cómo construiste ese universo tan tangible?
La atmósfera sensorial del relato nació, en realidad, de un ejercicio íntimo de memoria. Me imaginaba a mí misma saliendo de noche del bingo, como tantas veces, cuando trabajaba allí. Ya no vivo en ese lugar, y quizás por eso lo tengo más presente que nunca: porque desde la distancia se ha vuelto más nítido. Lo habito sin estar, como si la memoria se encargara de conservarlo encendido. Los olores, los sonidos, las texturas… todo eso lo reconstruyo para no perderme a mí misma, como si al recrear ese espacio también me reafirmara en quien fui y en lo que esa etapa dejó en mí. Tal vez por eso se siente tan tangible en el texto: porque es un paisaje emocional, y porque escribirlo ha sido mi forma de seguir pisándolo (y pedaleándolo), incluso desde lejos.
La bicicleta funciona como un símbolo de libertad, pero también de supervivencia. ¿Qué querías transmitir con esa dualidad?
Me interesaba justo por esa doble dimensión, porque la bicicleta fue, históricamente, un vehículo de libertad para muchas mujeres, pero también una forma concreta de sobrevivir en lo cotidiano: desplazarse, escapar, resistir. En el relato funciona así, como metáfora de autonomía, pero también como un recurso práctico frente al miedo, una forma de seguir avanzando incluso en la oscuridad.
El parque representa el límite entre el miedo y la confianza. ¿Por qué elegiste ese espacio como punto de inflexión?
Elegí el parque porque representa bien ese límite que muchas mujeres reconocemos entre lo que se puede y lo que no se puede hacer de noche. No es el parque en sí, sino lo que proyectamos sobre él: la duda, la precaución, la necesidad de evitarlo. Con la bicicleta, la protagonista recupera ese trayecto como propio. Es una forma de reapropiarse del espacio, de ir dejando atrás esos recorridos marcados por el miedo.
Frases como «el miedo le respirara en la nuca» o «la ciudad había cambiado de piel» son potentes imágenes literarias. ¿Cómo surge ese lenguaje tan evocador?
Creo que tiene que ver con la cantidad de lecturas que llevo conmigo. Como profesora de literatura, estoy atravesada por voces, imágenes, cadencias que se me han quedado dentro. Esas frases no son un homenaje consciente a nadie, pero seguramente están influenciadas por todo lo que he leído y sigo leyendo. Al final, una escribe también con lo que ha leído.
Has logrado mostrar cómo el diseño urbano afecta especialmente a las mujeres. ¿Crees que la literatura puede influir en la planificación de ciudades más seguras?
Sí, lo creo firmemente. La literatura puede ayudar a visibilizar cómo los espacios urbanos están pensados desde lógicas que no siempre tienen en cuenta nuestras experiencias, especialmente las de las mujeres. Por eso es necesario un urbanismo feminista, que ponga la vida cotidiana y el cuidado en el centro. Si narramos cómo se vive el miedo, la incomodidad o incluso la alegría en ciertos espacios, también podemos abrir conversaciones sobre cómo transformarlos. La ciudad no es neutra, y escribir sobre ella es una forma de reclamarla.
El relato refleja esa «planificación constante» que hacemos las mujeres al movernos. ¿Qué te gustaría que entendieran los hombres al leerlo?
Me gustaría que entendieran que nuestra forma de movernos por la ciudad no es libre, sino constantemente negociada con el miedo, la prudencia y el cálculo. Que se den cuenta de que, para muchas mujeres, volver a casa no es un simple trayecto. Y que eso no debería ser así. No esperamos que “nos entiendan del todo”, pero sí que nos respeten, y que revisen sus propios privilegios en ese espacio que ellos sí pueden habitar sin pensarlo.
La bicicleta como solución no es romántica, sino práctica. ¿Crees que las administraciones deberían promoverla más como herramienta de seguridad?
Sí, sin duda. La bicicleta no es solo un medio ecológico, también puede ser una herramienta de autonomía, especialmente para quienes nos sentimos vulnerables en ciertos trayectos. Promoverla con infraestructuras seguras, iluminación adecuada y redes bien conectadas sería una forma concreta de facilitar movimientos más libres y equitativos.
¿Qué significó para ti ganar el Huellas y Rodadas 2025 con un relato que une movilidad y perspectiva de género?
Cuando era más joven escribía ficción, pero la vida académica es muy exigente, y durante años toda mi energía creativa estuvo orientada a escribir artículos que encajaran en perfiles muy concretos: temas que respondieran a ciertas líneas, plazas, revistas, cuartiles… Dentro de ese sistema, he conseguido mantenerme fiel a mi mirada feminista, que he transformado en investigación, pero eso no deja de tener sus límites. Volver a escribir ficción —y que ese relato haya sido reconocido— ha sido como reencontrarme con una parte de mí que había quedado en pausa. Curiosamente, ha sido una forma de volver a mirar a la chica que trabajaba en el bingo, pero esta vez desde un lugar más libre. Y eso, para mí, ha sido muy significativo.
Como profesora universitaria especializada en estudios de género, ¿cómo influye tu formación académica en tu creación literaria?
Mi formación en estudios de género lo atraviesa todo: no solo mi trabajo, también mi forma de estar en el mundo. Es mi columna vertebral. Influye en cómo escribo, en cómo leo, en cómo enseño, pero también en cómo me relaciono con mis amistades, con mi familia, con mi entorno, incluso con mis animales. No es solo una especialización académica, es una mirada que permea todos los planos de mi vida, y por supuesto, también lo literario. Lo que escribo no podría existir sin esa conciencia feminista que me estructura y me acompaña.
¿Crees que iniciativas como esta de 30 Días en Bici ayudan a visibilizar otra forma de entender la movilidad?
Sí, absolutamente. Iniciativas como esta permiten pensar la movilidad desde una perspectiva más inclusiva y cotidiana, lejos del enfoque exclusivamente técnico. Visibilizan que moverse también es un acto político, y que la bicicleta puede ser una herramienta de cambio, accesible y transformadora.
¿Seguirás explorando en tus escritos esta intersección entre espacio urbano, género y derechos?
Sí, sin duda. Me interesa ese cruce entre experiencia personal, estudios feministas y territorio. Hay una dimensión muy política en lo íntimo, y creo que la escritura puede ser un espacio para nombrar eso que muchas veces queda silenciado en los discursos oficiales o académicos.
¿Qué mensaje te gustaría que se llevaran las lectoras y lectores de Pedalear para no tener miedo?
Más que un mensaje de superación, me gustaría que se llevaran una conciencia más clara de que las mujeres no habitamos el espacio urbano en igualdad de condiciones. Que el miedo forma parte de nuestra vida cotidiana no por debilidad, sino porque vivimos en un sistema que nos expone. Y que necesitamos encontrar nuestras propias estrategias —individuales y colectivas— para protegernos, para movernos, para existir con dignidad en un mundo que aún no ha sido pensado para nosotras.
